Rosados contra el calor

Cuando llegan los calores veraniegos, sobre todo en un país como este, que suelen venir con entusiasmo, las dietas y la alimentación cambian radicalmente. Las sanas y suculentas legumbres, los platos grasos o las salsas potentes, no parecen ser lo aconsejable. Suena entonces la hora de las ensaladas y arroces, de las frutas frescas y las carnes y pescados sin pesadas combinaciones, más bien ligeros.

Con el vino pasa justamente lo mismo. Esos potentes Cabemet Sauvignon, esos oscuros y tánicos Malbec, suelen apetecer muy poco y además no coinciden con la dieta veraniega. Con una ensalada, que suele llevar vinagre, no liga ningún vino, ya que la acidez acética del condimento, enmascara el paso de boca de una buena elaboración.

 


Entonces, el verano es la época de los rosados y también de los blancos ligeros y por qué no de los champagnes. El rosado es cuando vive su mejor momento. Este es un vino de uvas tintas que se vinifican como blancas, es decir que tras el prensado de la uva se la mantiene poco tiempo, entre 6 y 16 horas, con la piel u hollejo que es el que trasmite el color al vino. Mientras más tiempo permanezcan juntos mosto y pieles, más color irá tomando, y al revés. Eso le da aromas especiales, generalmente frutales y florales y los vinos salen frescos, suaves y ligeros. El problema es que salen suaves y ligeros para todo, se oxidan rápido, mucho antes que los blancos y no aguantan más de un año. Los elementos químicos que hacen fuerte, potente y longevo a un vino, se encuentran en la piel y precisamente la gracia del rosado, es pasar poco tiempo junto a la piel de la uva.

Cuando termina el verano, es prácticamente la hora de olvidarse de los rosados, porque se van oxidando, perdiendo aromas y color. A la hora de solicitar un rosado en un restaurante o en una tienda, fíjense mucho en la añada, exijan que sea del año anterior. Si les ofrecen uno de dos años, seguramente estará caído y si la añada es anterior, mucho más, todavía. Las buenas bodegas suelen conservar los rosados en depósitos de acero inoxidable y los van embotellando a medida que llega la demanda, con lo que los mantienen mucho mejor.








Haciendo historia

Históricamente los rosados son vinos muy populares sobre todo a nivel rural, donde la mayor parte de los casos se confunden con los claretes o "claros", que llaman en los pueblos. No es lo mismo. Los claretes se fermentan con los hollejos y tienen tonos más oscuros, incluso se utiliza el clarete para calificar algunos vinos tintos bajos de color.

El rosado se vinifica como un blanco, el clarete como un tinto y todavía quedan por calificar los claretes fraudulentos, aquellos que se hacen, o se hacían, simplemente mezclando vino tinto con blanco. Las normativas vigentes permiten mezclar uvas, pero prohíbe tajantemente mezclar vinos, en aquellos que disponen de denominación de origen.

 Actualmente, con la presencia de uvas foráneas en muchas denominaciones de origen, nos encontramos con rosados de Merlot o Cabernet Sauvignon, realmente interesantes.

 












       










Para beber un rosado

El rosado no es el vino popular por excelencia. Si está bien hecho es sencillo de aromas, afrutado, fresco y en boca ligero y agradable. Muchos de sus críticos, que los tiene, sostienen que no son "ni chicha ni limonada", y que es un medio vino, pero la verdad es que no hay que ser tan puristas y que para cada momento, como el veraniego, este tipo de vino tiene su lugar.

El rosado es un vino que se debe beber a temperatura bastante baja, unos seis a ocho grados y hay que tener cuidado porque poco tánico, ligero, suave y muy frío, se bebe como el agua y sin embargo, siguen teniendo 12 grados de alcohol. Pegan de maravilla con verduras, carnes blancas, aves, pasta, quesos ligeros y  arroces.

En verano además, hay que tener cuidado con las temperaturas y con la propia bodega de casa. El calor hace mucho daño al vino, así que deben protegerse en el lugar más fresco de la vivienda. Las temperaturas de servicio son de 6 a 10 grados para los rosados y blancos, y de 5 a 8 grados para los champagnes. Y como casi nadie tiene armarios isotérmicos, lo mejor es utilizar la heladera. Eso si, no mantengan las botellas muchos días dentro. Dos o tres son suficientes, y luego vayan reponiendo.


Tiempo de calor, tiempo de vinos frescos. Proteja lo más posible sus amados y tánicos tintos para el otoño y prepare rosados, blancos y champagnes para ir reponiendo en su heladera, poco a poco. Y si tiene sed, ábrase una botellita de uno de estos vinos y prepárese un aperitivo, pensará que el calor, a pesar de su molestias, también tiene algunas ventajas.

 

 

 

I.G.M.